LAS NOVENTA Y CINCO TESIS (1517)

 

Traducido de:

Heinze, R.W.  “The Ninety-five Theses” Evangelical Dictionary of Theology, ed. Martín

Elwell.  Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1984.

 

Son una serie de proposiciones  relacionadas con las indulgencias, Martín Lutero  las redacto como base para una disputa académica. Fueron escritas en reacción  a los abusos en la venta de una indulgencia plenaria por Johann Tetzel, quién dio la impresión de que no solo serviría para perdonar las culpas y las penitencias de los pecados más serios si no que también podrían aplicarse sus beneficios a los muertos del purgatorio. Lutero desafió estas enseñanzas porque hacían que la gente creyera que el perdón podía ser comprado y no cumplieran con el verdadero arrepentimiento.

Las tesis empezaban argumentando que el verdadero arrepentimiento involucra el hecho de volverse completamente hacia Dios y no simplemente el deseo de evadir el castigo. Lutero sostenía que solamente Dios podía perdonar las culpas y que las indulgencias sólo podían disculpar las penas impuestas por la iglesia. Además negaba que el Papa tuviera poder sobre el purgatorio; manifestaba que el verdadero creyente  tiene perdón sin necesidad de indulgencias, y condenaba el interés por el dinero y no por las almas. Aunque estas tesis fueron escritas en Latín  y no eran de distribución pública, fueron traducidas al alemán y pronto se difundieron en toda Alemania.

Aún cuando no revelan todo el desarrollo de la teología de Lutero, el día en que supuestamente fueron puestas en la puerta de la Iglesia Universitaria de Wittenberg, el 31 de Octubre de 1517, ha sido considerado como el punto de inicio de la Reforma. Aunque realmente se ha cuestionado las fecha de estas y si en verdad fueron clavadas e la puerta. A pesar de que el debate aún no ha sido resuelto, muchos especialistas aceptan la interpretación tradicional.

 

 

LAS NOVENTA Y CINCO TESIS DE MARTIN LUTERO (1517)

 

Traducido de:

                Noll, Mark A. Confessions and Catechisms of the Reformation.  Grand Rapids, MI: Baker

Book House, 1991.

 

Martín Lutero (1483-1546) es conocido como el primer gran maestro de la Reforma Protestante. Su doloroso viaje desde la duda hacia la fe en Dios, se volvió rápidamente en una fuente de inspiración para otros protestantes. Mientras que otros movimientos de reforma en Suiza, Francia, los Países Bajos, Europa del Este y Gran Bretaña eran divergentes substancialmente, las formas que Lutero estableció fueron un respetado punto de partida para otros Protestantes. La pasión de Lutero por la Gracia de Dios  revelada a los pecadores a través de Cristo, su devoción a las Escrituras y su defensa del sacerdocio de todos los creyentes, abrió las puertas  por las cuales seguirían otros Protestantes.

Primero, Lutero llamó la atención pegando sus “Noventa y cinco tesis”.

Sin embargo el contenido de esas tesis resulta sorprendente tras la primera leída. No mencionan la justificación por la fe. Desde el punto de vista un protestantismo posterior, son excesivamente respetuosas  con el Papa.

Tampoco hay una defensa explícita de la autoridad bíblica en contra de las tradiciones de la Iglesia o la autoridad del magisterio católico.

Mientras que estos están implícitos, el propósito explícito de las Noventa y cinco tesis es el de examinar un problema en particular: el problema de las indulgencias. Los asuntos en cuestión ahora pueden parecer medievales, puramente escolásticos o simplemente irrelevantes. Pero atacando esta práctica aceptada en la iglesia, Lutero se embarcó en una ruta que naturalmente conducía a mayores enseñanzas, por las cuales es conocido el Protestantismo.

Por 1517, el uso de indulgencias se había vuelto una práctica bien establecida en la iglesia. Su importancia dependía de una enseñanza católica, concerniente a la penitencia, que había surgido en la primera iglesia y e la Edad Media.

En los tiempos de Lutero, los Católicos Romanos creían que los cristianos requerían uno de los siete sacramentos de la iglesia – es decir las penitencias – para ser perdonados por los pecados que habían cometido después del bautismo. Este sacramento constaba de diferentes elementos: “contrición”(o arrepentimiento por el pecado); “confesión” a un sacerdote; el pronunciamiento de la “absolución” (cuando el sacerdote le decía  al penitente que su pecado había sido perdonado); y “satisfacción”(o un modo de cumplir en esta vida con la penalidad acarreada por el pecado).

Ni la satisfacción, ni la penitencia  traían por sí mismas el perdón, ya que este  era un acto de la gracia de Dios. Más bien era necesario hacer enmiendas personales  por el pecado y fortalecer al penitente en contra de más tentaciones.

Las indulgencias dependían de la creencia que Cristo, la Virgen María y los Santos habían establecido un tesoro de méritos (es decir, de santidad y buenos actos  requeridos para la salvación), los cuales podían ser usados  por la iglesia para perdonar  el castigo terrenal  por los pecados. Las primeras indulgencias extensivas fueron otorgadas por los servicios en las cruzadas. Después, fueron otorgados por las visitas a los santos lugares de Roma y luego  por otras causas especificadas por los Papas. A menudo se hacia un pago.

Las indulgencias que condujeron a la creación de las 95 tesis fueron otorgadas por dos Papas, Julius II  en 1510 y Leo X en 1513, a fin de reunir dinero para la construcción de la basílica de San Pedro en Roma. En 1515 Leo X le autorizó a Albrecht, arzobispo de Mainz y Magdeburg y obispo de Halberstadt, vender su propia indulgencia en sus territorios.

Albrecht a su vez, nombró al monje dominico, Johann Tetzel,  para conducir la venta. Las declaraciones formales de Tetzel sobre las indulgencias hacían una distinción  entre el perdón eterno de Dios y la satisfacción temporal requerida por la iglesia. Pero su apremiante deseo de vender hizo de esta distinción algo irrelevante.

A la gente ordinaria le pareció como que Tetzel estuviese diciendo que el comprar una indulgencia  significaba el perdón de los propios pecados, y si se la compraba a favor de un muerto, podría liberar  a las almas del purgatorio. (Esta es la distorsión que Lutero  ataca en su tesis 27.)

Para Lutero, la venta del perdón representaba la corrupción de la Iglesia Católica, el perdón era un don de Dios, no era prerrogativa humana. Se originaba en la gracia  divina, no en lo que hiciese la gente.

Significaba un cambio de corazón, no un intercambio financiero. Provenía del sacrificio de Cristo en la cruz, no de la persuasión de un vendedor.

Es en respuesta de las acciones de Tetzel que Lutero prepara estas tesis.

Las escribió en latín, esperando que estimularan un debate académico. Aunque aun hay controversia respecto a lo que  realmente ocurrió, parece que la historia tradicional es confiable, que Lutero, el mediodía de la víspera de Todos los Santos (31 de octubre 1517), clavó estas tesis en el periódico mural  de la universidad de Wittenberg. El periódico mural era la puerta de la iglesia universitaria. Nadie se presento a debatir, pero Lutero le envió copias del texto en latín al arzobispo Albrecht, y también a sus amigos.

Y los impresores las tradujeron al alemán creando así toda una sensación. Poniéndolo en pocas palabras, la Reforma empezó.

En las tesis Lutero contrasta el genuino pesar Cristiano por los pecados con lo artificial de las satisfacciones insinceras.  Las tesis que hacen este contraste más directamente (1, 62, 92, 95) también se acercan al tema de la justificación por la fe. La creencia de Lutero en la justificación por la fe esta presente en este documento, pero parece habérsele hecho más clara en el feroz debate que estalló después de esta publicación.

Las 95 tesis eran la confesión de la fe de una sola persona. Nunca habían sido usadas como un modelo doctrinal de la iglesia. Al mismo tiempo, presentan una contribución extraordinariamente significante para el proceso de aclarar la fe cristiana,  que conducía a muchas confesiones formales a partir del siglo XVI en adelante. Se puede hallar introducciones útiles y aclaraciones en los trabajos abajo mencionados. Es útil notar que San Severino y San Pascal (tesis 29) fueron Papas medievales quienes quisieron permanecer más tiempo en el purgatorio a fin de tener mayor recompensa en el cielo, y es importante observar que las advertencias de Lutero sobre la corrompedora tentación de la recolección de fondos es tan importante en la época de los predicadores electrónicos como lo fue en  los tiempos  de los vendedores  de indulgencias.

Finalmente, a modo de nota moderna, después del segundo Concilio Vaticano, el Papa Pablo VI declaró que las indulgencias eran efectivas solamente cuando el corazón se alejaba del pecado y que el propósito de las indulgencias era mas fomentar la caridad  entre los fieles  y no el dispensar una satisfacción mecánica.

 

 

 

 

 

 

Las 95 tesis de Martín Lutero

Por amor a la verdad y en el afán de sacarla a luz, se discutirán en Wittenberg las siguientes proposiciones bajo la presidencia del R. P. Martín Lutero, Maestro en Artes y en Sagrada Escritura y Profesor Ordinario de esta última disciplina en esa localidad. Por tal razón, ruega que los que no puedan estar presentes y debatir oralmente con nosotros, lo hagan, aunque ausentes, por escrito. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén


  1. Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: "Haced penitencia...", ha querido que toda la vida de los creyentes fuera penitencia.
  2. Este término no puede entenderse en el sentido de la penitencia sacramental (es decir, de aquella relacionada con la confesión y satisfacción) que se celebra por el ministerio de los sacerdotes.
  3. Sin embargo, el vocablo no apunta solamente a una penitencia interior; antes bien, una penitencia interna es nula si no obra exteriormente diversas mortificaciones de la carne.
  4. En consecuencia, subsiste la pena mientras perdura el odio al propio yo (es decir, la verdadera penitencia interior), lo que significa que ella continúa hasta la entrada en el reino de los cielos.
  5. El Papa no quiere ni puede remitir culpa alguna, salvo aquella que él ha impuesto, sea por su arbitrio, sea por conformidad a los cánones.
  6. El Papa no puede remitir culpa alguna, sino declarando y testimoniando que ha sido remitida por Dios, o remitiéndola con certeza en los casos que se ha reservado. Si éstos fuesen menospreciados, la culpa subsistirá íntegramente.
  7. De ningún modo Dios remite la culpa a nadie, sin que al mismo tiempo lo humille y lo someta en todas las cosas al sacerdote, su vicario.
  8. Los cánones penitenciales han sido impuestos únicamente a los vivientes y nada debe ser impuesto a los moribundos basándose en los cánones.
  9. Por ello, el Espíritu Santo nos beneficia en la persona del Papa, quien en sus decretos siempre hace una excepción en caso de muerte y de necesidad.
  10. Mal y torpemente proceden los sacerdotes que reservan a los moribundos penas canónicas en el purgatorio.
  11. Esta cizaña, cual la de transformar la pena canónica en pena para el purgatorio, parece por cierto haber sido sembrada mientras los obispos dormían.
  12. Antiguamente las penas canónicas no se imponían después sino antes de la absolución, como prueba de la verdadera contrición.
  13. Los moribundos son absueltos de todas sus culpas a causa de la muerte y ya son muertos para las leyes canónicas, quedando de derecho exentos de ellas.
  14. Una pureza o caridad imperfectas traen consigo para el moribundo, necesariamente, gran miedo; el cual es tanto mayor cuanto menor sean aquéllas.
  15. Este temor y horror son suficientes por sí solos (por no hablar de otras cosas) para constituir la pena del purgatorio, puesto que están muy cerca del horror de la desesperación.
  16. Al parecer, el infierno, el purgatorio y el cielo difieren entre sí como la desesperación, el temor y la seguridad de la salvación.
  17. Parece necesario para las almas del purgatorio que a medida que disminuya el horror, aumente la caridad.
  18. Y no parece probado, sea por la razón o por las Escrituras, que estas almas estén excluidas del estado de mérito o del crecimiento en la caridad.
  19. Y tampoco parece probado que las almas en el purgatorio, al menos en su totalidad, tengan plena certeza de su bienaventuranza ni aún en el caso de que nosotros podamos estar completamente seguros de ello.
  20. Por tanto, cuando el Papa habla de remisión plenaria de todas las penas, no significa simplemente el perdón de todas ellas, sino solamente el de aquellas que él mismo impuso.
  21. En consecuencia, yerran aquellos predicadores de indulgencias que afirman que el hombre es absuelto a la vez que salvo de toda pena, a causa de las indulgencias del Papa.
  22. De modo que el Papa no remite pena alguna a las almas del purgatorio que, según los cánones, ellas debían haber pagado en esta vida.
  23. Si a alguien se le puede conceder en todo sentido una remisión de todas las penas, es seguro que ello solamente puede otorgarse a los más perfectos, es decir, muy pocos.
  24. Por esta razón, la mayor parte de la gente es necesariamente engañada por esa indiscriminada y jactanciosa promesa de la liberación de las penas.
  25. El poder que el Papa tiene universalmente sobre el purgatorio, cualquier obispo o cura lo posee en particular sobre su diócesis o parroquia.
  26. Muy bien procede el Papa al dar la remisión a las almas del purgatorio, no en virtud del poder de las llaves (que no posee), sino por vía de la intercesión.
  27. Mera doctrina humana predican aquellos que aseveran que tan pronto suena la moneda que se echa en la caja, el alma sale volando.
  28. Cierto es que, cuando al tintinear, la moneda cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden ir en aumento, más la intercesión de la Iglesia depende sólo de la voluntad de Dios.
  29. ¿Quién sabe, acaso, si todas las almas del purgatorio desean ser redimidas? Hay que recordar lo que, según la leyenda, aconteció con San Severino y San Pascual.
  30. Nadie está seguro de la sinceridad de su propia contrición y mucho menos de que haya obtenido la remisión plenaria.
  31. Cuán raro es el hombre verdaderamente penitente, tan raro como el que en verdad adquiere indulgencias; es decir, que el tal es rarísimo.
  32. Serán eternamente condenados junto con sus maestros, aquellos que crean estar seguros de su salvación mediante una carta de indulgencias.
  33. Hemos de cuidarnos mucho de aquellos que afirman que las indulgencias del Papa son el inestimable don divino por el cual el hombre es reconciliado con Dios.
  34. Pues aquellas gracias de perdón sólo se refieren a las penas de la satisfacción sacramental, las cuales han sido establecidas por los hombres.
  35. Predican una doctrina anticristiana aquellos que enseñan que no es necesaria la contrición para los que rescatan almas del purgatorio o compran privilegios confesionales.
  36. Cualquier cristiano verdaderamente arrepentido tiene derecho a la remisión plenaria de pena y culpa, aun sin carta de indulgencias.
  37. Cualquier cristiano verdadero, sea que esté vivo o muerto, tiene participación en todos lo bienes de Cristo y de la Iglesia; esta participación le ha sido concedida por Dios, aun sin cartas de indulgencias.
  38. No obstante, la remisión y la participación otorgadas por el Papa no han de menospreciarse en manera alguna, porque, como ya he dicho, constituyen un anuncio de la remisión divina.
  39. Es dificilísimo hasta para los teólogos más brillantes, ensalzar al mismo tiempo, ante el pueblo. La prodigalidad de las indulgencias y la verdad de la contrición.
  40. La verdadera contrición busca y ama las penas, pero la profusión de las indulgencias relaja y hace que las penas sean odiadas; por lo menos, da ocasión para ello.
  41. Las indulgencias apostólicas deben predicarse con cautela para que el pueblo no crea equivocadamente que deban ser preferidas a las demás buenas obras de caridad.
  42. Debe enseñarse a los cristianos que no es la intención del Papa, en manera alguna, que la compra de indulgencias se compare con las obras de misericordia.
  43. Hay que instruir a los cristianos que aquel que socorre al pobre o ayuda al indigente, realiza una obra mayor que si comprase indulgencias.
  44. Porque la caridad crece por la obra de caridad y el hombre llega a ser mejor; en cambio, no lo es por las indulgencias, sino a lo mas, liberado de la pena.
  45. Debe enseñarse a los cristianos que el que ve a un indigente y, sin prestarle atención, da su dinero para comprar indulgencias, lo que obtiene en verdad no son las indulgencias papales, sino la indignación de Dios.
  46. Debe enseñarse a los cristianos que, si no son colmados de bienes superfluos, están obligados a retener lo necesario para su casa y de ningún modo derrocharlo en indulgencias.
  47. Debe enseñarse a los cristianos que la compra de indulgencias queda librada a la propia voluntad y no constituye obligación.
  48. Se debe enseñar a los cristianos que, al otorgar indulgencias, el Papa tanto más necesita cuanto desea una oración ferviente por su persona, antes que dinero en efectivo.
  49. Hay que enseñar a los cristianos que las indulgencias papales son útiles si en ellas no ponen su confianza, pero muy nocivas si, a causa de ellas, pierden el temor de Dios.
  50. Debe enseñarse a los cristianos que si el Papa conociera las exacciones de los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujese a cenizas antes que construirla con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas.
  51. Debe enseñarse a los cristianos que el Papa estaría dispuesto, como es su deber, a dar de su peculio a muchísimos de aquellos a los cuales los pregoneros de indulgencias sonsacaron el dinero aun cuando para ello tuviera que vender la basílica de San Pedro, si fuera menester.
  52. Vana es la confianza en la salvación por medio de una carta de indulgencias, aunque el comisario y hasta el mismo Papa pusieran su misma alma como prenda.
  53. Son enemigos de Cristo y del Papa los que, para predicar indulgencias, ordenan suspender por completo la predicación de la palabra de Dios en otras iglesias.
  54. Es una ofensa en contra de la palabra de Dios, cuando en un mismo sermón se dedica tanto o más tiempo a las indulgencias que a ella.
  55. Ha de ser la intención del Papa que si las indulgencias (que muy poco significan) se celebran con una campana, una procesión y una ceremonia, el evangelio (que es lo más importante)deba predicarse con cien campanas, cien procesiones y cien ceremonias.
  56. Los tesoros de la iglesia, de donde el Papa distribuye las indulgencias, no son ni suficientemente mencionados ni conocidos entre el pueblo de Dios.
  57. Que en todo caso no son temporales resulta evidente por el hecho de que muchos de los pregoneros no los derrochan, sino más bien los atesoran.
  58. Tampoco son los méritos de Cristo y de los santos, porque éstos siempre obran, sin la intervención del Papa, la gracia del hombre interior y la cruz, la muerte y el infierno del hombre exterior.
  59. San Lorenzo dijo que los tesoros de la iglesia eran los pobres, mas hablaba usando el término en el sentido de su época.
  60. No hablamos exageradamente si afirmamos que las llaves de la iglesia (donadas por el mérito de Cristo) constituyen ese tesoro.
  61. Esta claro, pues, que para la remisión de las penas y de los casos reservados, basta con la sola potestad del Papa.
  62. El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios.
  63. Empero este tesoro es, con razón, muy odiado, puesto que hace que los primeros sean postreros.
  64. En cambio, el tesoro de las indulgencias, con razón, es sumamente grato, porque hace que los postreros sean primeros.
  65. Por ello, los tesoros del evangelio son redes con las cuales en otros tiempos se pescaban a hombres poseedores de bienes.
  66. Los tesoros de las indulgencias son redes con las cuales ahora se pescan las riquezas de los hombres.
  67. Respecto a las indulgencias que los predicadores pregonan con gracias máximas, se entiende que efectivamente lo son en cuanto proporcionan ganancias.
  68. No obstante, son las gracias más pequeñas en comparación con la gracia de Dios y la piedad de la cruz.
  69. Los obispos y curas están obligados a admitir con toda reverencia a los comisarios de las indulgencias apostólicas.
  70. Pero tienen el deber aún más de vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos, para que esos hombres no prediquen sus propios ensueños en lugar de lo que el Papa les ha encomendado.
  71. Quién habla contra la verdad de las indulgencias apostólicas, sea anatema y maldito.
  72. Mas quien se preocupa por los excesos y demasías verbales de los predicadores de indulgencias, sea bendito.
  73. Así como el Papa justamente fulmina excomunión contra los que maquinan algo, con cualquier artimaña de venta en perjuicio de las indulgencias.
  74. Tanto más trata de condenar a los que bajo el pretexto de las indulgencias, intrigan en perjuicio de la caridad y la verdad.
  75. Es un disparate pensar que las indulgencias del Papa sean tan eficaces como para que puedan absolver, para hablar de algo imposible, a un hombre que haya violado a la madre de Dios.
  76. Decimos por el contrario, que las indulgencias papales no pueden borrar el más leve de los pecados veniales, en concierne a la culpa.
  77. Afirmar que si San Pedro fuese Papa hoy, no podría conceder mayores gracias, constituye una blasfemia contra San Pedro y el Papa.
  78. Sostenemos, por el contrario, que el actual Papa, como cualquier otro, dispone de mayores gracias, saber: el evangelio, las virtudes espirituales, los dones de sanidad, etc., como se dice en 1ª de Corintios 12.
  79. Es blasfemia aseverar que la cruz con las armas papales llamativamente erecta, equivale a la cruz de Cristo.
  80. Tendrán que rendir cuenta los obispos, curas y teólogos, al permitir que charlas tales se propongan al pueblo.
  81. Esta arbitraria predicación de indulgencias hace que ni siquiera, aun para personas cultas, resulte fácil salvar el respeto que se debe al Papa, frente a las calumnias o preguntas indudablemente sutiles de los laicos.
  82. Por ejemplo: ¿Por qué el Papa no vacía el purgatorio a causa de la santísima caridad y la muy apremiante necesidad de las almas, lo cual sería la más justa de todas las razones si él redime un número infinito de almas a causa del muy miserable dinero para la construcción de la basílica, lo cual es un motivo completamente insignificante?
  83. Del mismo modo: ¿Por qué subsisten las misas y aniversarios por los difuntos y por qué el Papa no devuelve o permite retirar las fundaciones instituidas en beneficio de ellos, puesto que ya no es justo orar por los redimidos?
  84. Del mismo modo: ¿Qué es esta nueva piedad de Dios y del Papa, según la cual conceden al impío y enemigo de Dios, por medio del dinero, redimir un alma pía y amiga de Dios, y por que no la redimen más bien, a causa de la necesidad, por gratuita caridad hacia esa misma alma pía y amada?
  85. Del mismo modo: ¿Por qué los cánones penitenciales que de hecho y por el desuso desde hace tiempo están abrogados y muertos como tales, se satisfacen no obstante hasta hoy por la concesión de indulgencias, como si estuviesen en plena vigencia?
  86. Del mismo modo: ¿Por qué el Papa, cuya fortuna es hoy más abundante que la de los más opulentos ricos, no construye tan sólo una basílica de San Pedro de su propio dinero, en lugar de hacerlo con el de los pobres creyentes?
  87. Del mismo modo: ¿Qué es lo que remite el Papa y qué participación concede a los que por una perfecta contrición tienen ya derecho a una remisión y participación plenarias?
  88. Del mismo modo: ¿Que bien mayor podría hacerse a la iglesia si el Papa, como lo hace ahora una vez, concediese estas remisiones y participaciones cien veces por día a cualquiera de los creyentes?
  89. Dado que el Papa, por medio de sus indulgencias, busca más la salvación de las almas que el dinero, ¿por qué suspende las cartas e indulgencias ya anteriormente concedidas, si son igualmente eficaces?
  90. Reprimir estos sagaces argumentos de los laicos sólo por la fuerza, sin desvirtuarlos con razones, significa exponer a la Iglesia y al Papa a la burla de sus enemigos y contribuir a la desdicha de los cristianos.
  91. Por tanto, si las indulgencias se predicasen según el espíritu y la intención del Papa, todas esas objeciones se resolverían con facilidad o más bien no existirían.
  92. Que se vayan, pues todos aquellos profetas que dicen al pueblo de Cristo: "Paz, paz"; y no hay paz.
  93. Que prosperen todos aquellos profetas que dicen al pueblo: "Cruz, cruz" y no hay cruz.
  94. Es menester exhortar a los cristianos que se esfuercen por seguir a Cristo, su cabeza, a través de penas, muertes e infierno.
  95. Y a confiar en que entrarán al cielo a través de muchas tribulaciones, antes que por la ilusoria seguridad de paz.

(Wittenberg, 31 de octubre de 1517)