
La Confesión de Ginebra
Aunque se debate la autoría de esta confesión, su trascendencia para la Reforma de Ginebra está fuera de dudas. En 1536 los concilios de esa ciudad de la Suiza franco-parlante se proclamaron a favor de los Protestantes, después de una larga controversia con los Católicos nobles y obispos. Ginebra había sido guiada hacia la Reforma por William Farel (1489-1565), un activo predicador de las nuevas doctrinas. Farel era extraordinario para su época o para cualquier otra, sin embargo, reconocía sus propias limitaciones.
Ahora que Ginebra se había puesto a favor de la Reforma, sabia que la ciudad necesitaba una guía tranquila y previsora. Afortunadamente para Farel, pasó por la ciudad un viajero que parecía tener las cualidades necesarias—el Francés Juan Calvino de creciente reputación. Poco antes había publicado un manual de la doctrina Cristiana que exponía con admirable claridad las enseñanzas básicas del protestantismo Reformado. Esta era la primera edición del famoso “Institutos de la Religión Cristiana,” un libro que crecería tanto en tamaño como en riqueza a lo largo de sus distintas ediciones y hasta casi el final de la vida de Calvino.
Parece que Calvino llegó a Ginebra por accidente. Había sido a salir de Francia debido a su apoyo al Protestantismo.
Había publicado los Institutos en Basilea y había viajado de lugar en lugar. En los comienzos de Agosto partió rumbo a Estrasburgo, pero fue forzado a desviar, porque su ruta conducía al campo de batalla en el que luchaban las armadas de Francis I de Francia y Carlos V quién, además de ser el Santo Emperador Romano, era Rey de España. Llegó a Ginebra, donde planeaba quedarse solo un par de días. Farel no perdió la oportunidad. Reconociendo que Calvino tenía la sabiduría necesaria y la disciplina para guiar la Reforma durante el largo trayecto, instó a Calvino a permanecer en la ciudad. Al comienzo, Calvino se rehusó, porque prefería la vida de estudiante en vez de la reformista. Pero Farel era insistente. Según Calvino “procedió a proferir la impresión de que Dios maldeciría mi retiro y la tranquilidad de los estudios que buscaba, si me retiraba y rechazaba ayudar, cuando la necesidad era tan urgente.” Calvino, de mala gana, se quedó en Génova. Y desde entonces solo se ausentó durante un lapso (1538-1541) cuando se mudó a Estrasburgo después de los desacuerdos con los padres Genoveses. Fue durante su puesto de ministro y maestro que Calvino fue visto como el principal teólogo bíblico del movimiento protestante.
La pequeña confesión de Génova fue presentada a los padres de la ciudad el 10 de Noviembre de 1536, poco después de que Calvino consiguiera la residencia permanente en esa ciudad. Llevaron este documento al senado de la ciudad.
Testigos, como Teodoro Beza, sucesor de Calvino, dijeron que Calvino era el autor. Posteriores autoridades aseguraron que era Farel. Cual haya sido el rol exacto de Calvino al preparar el documento, refleja claramente los temas principales de su pensamiento reformista. La misma confianza en la Biblia, el mismo énfasis en la maldad humana y la necesidad de gracia, y el mismo enfoque en la obra de Cristo que caracterizaron los Institutos están presentes en esta pequeña confesión.
Esta confesión sigue el mismo patrón de la Confesión de Augsburgo exponiendo convicciones teológicas más estrictas y enfatizando temas en disputa con los Católicos. Se diferencia de las anteriores confesiones Suizas, como los 67 artículos de Zwingli, por su argumento más preciso y su perspectiva teológica más consistente. Se distingue de la confesión luterana de Augsburgo especialmente por sus secciones de los sacramentos: la confesión de Ginebra trata al bautismo y a la Santa Cena como “representantes” de realidades espirituales en vez de comunicadores directos de ellas (las opiniones de Calvino con respecto a los sacramentos en ediciones posteriores del Instituto se acercan más a los Luteranos, especialmente a Melanchthon). Lo conciso de la confesión y su sentido de autoridad la señala como una la declaración de fe característica de la segunda generación de protestantes.
La confesión de Génova de 1536 no tuvo el impacto del catecismo más grande de Calvino, que fue publicado en muchas ediciones después de 1541.
Ni tampoco se volvió en una definición de fe ampliamente aceptada por grupos enteros de Protestantes. Aún así proporcionó una declaración sucinta y poderosa de las convicciones cristianas para las primeras etapas de la Reforma en Ginebra, a la cual Calvino dedicó su vida.
Confesión de fe que todos los ciudadanos y habitantes de Ginebra deben prometer cumplir y guardar.
Primero afirmamos que deseamos seguir la Escritura como regla de fe y de religión, sin mezclarla con nada que provenga de la opinión de los hombres apartados de la ley de Dios, y no queremos aceptar ninguna otra doctrina para nuestro gobierno espiritual solo la que nos es comunicada a través de la Palabra, sin agregarle ni quitarle nada, de acuerdo al mandamiento de nuestro Señor.
Siguiendo las líneas escritas en las Sagradas Escrituras, sabemos que hay un único Dios, a quién debemos adorar y servir, y en quien debemos poner toda nuestra confianza y esperanza: teniendo la seguridad de que sólo en Él esta contenida toda la sabiduría, poder, justicia, bondad y piedad. Y ya que es espíritu, debe ser servido en espíritu y verdad. Por lo tanto consideramos abominable el poner nuestra confianza en algo creado, el adorar a alguien más que a Él, sean ángeles o criaturas, y el reconocer a algún otro Salvador de almas aparte de Él, sean santos u hombres que vivan en la tierra; y también el ofrecer el servicio, que debe ser rendido solo a Él, en ceremonias externas o en observancias carnales, como si Él se complaciese en tales cosas, o el hacer una imagen que represente su divinidad o cualquier otra cosa para adorar.
Porque hay un único Dios y Señor que tiene dominio sobre nuestras conciencias, y porque su voluntad es el único principio de toda justicia, confesamos que toda nuestra vida debe ser gobernada de acuerdo con los mandamientos de su Santa Ley, en la cual se halla toda la perfección de justicia; y que no debemos tener otras leyes para vivir en justicia, ni inventar otras obras para acompañar a las que están contenidas en Éxodo 20 “Soy el Señor tu Díos que te sacó...” y así sucesivamente.
Sabemos que el hombre es ciego por naturaleza, nublado de entendimiento y lleno de corrupción y maldad de corazón, entonces por el mismo no es capaz de entender como se debe el verdadero conocimiento de Dios, ni de dedicarse por sí solo a buenas obras. Pero al contrario, si Dios le permite seguir su naturaleza, solo será capaz de vivir en ignorancia y de abandonarse a toda iniquidad. De ahí que tiene necesidad de ser iluminado por Dios, para que pueda llegar al conocimiento verdadero de su salvación y así sea redirigido en sus afectos y sea reformado para la obediencia hacia un Dios justo.
5. El hombre, por sí solo, esta perdido.
Ya que el hombre esta naturalmente privado (como ya se dijo) y desprovisto de toda la luz de Dios, y de toda la rectitud, confesamos que, por si solo, solo le espera la ira y la maldición de Dios, es por eso que debe buscar fuera de sí los medios de salvación.
Confesamos que Jesucristo nos ha sido dado por el Padre, para que en él podamos recobrar todo lo que nos falta en nosotros mismos. Creemos, sin duda alguna, todo lo que Jesús hizo y sufrió por nuestra redención, como esta contenido en el Credo, que es recitado en la Iglesia, es decir: Creo en Dios Padre todo poderoso y así sucesivamente.
Por lo tanto confesamos las cosas que nos han sido dadas por Dios en Jesucristo: primero, que siendo por nuestra propia naturaleza enemigos de Dios y sujetos a su ira y juicio, estamos reconciliados con él y somos recibidos nuevamente en su gracia a través de la intercesión de Jesucristo, que por su rectitud e inocencia tenemos remisión de nuestros pecados y por el derramamiento de sangre, somos limpiados y purificados de toda mancha.
Segundo, confesamos que por su Espíritu somos regenerados con una nueva naturaleza espiritual. Es decir, que todos los malos deseos de nuestra carne son cambiados por gracia, para que ya no puedan gobernarnos nunca más. Al contrario, nuestra voluntad se rinde tranquilamente a la voluntad de Dios. Por lo tanto, somos liberados por él de la esclavitud del pecado, bajo cuyo poder estamos cautivos, y por esta liberación somos capaces de hacer buenas obras y no otras cosas.
Finalmente, confesamos que esta regeneración es realizada en nosotros, hasta que dejamos este cuerpo mortal, en el cual siempre queda mucha imperfección y enfermedad, que siempre seguimos siendo pecadores pobres y desgraciados ante la presencia de Dios. Sin embargo, día a día debemos crecer en la rectitud de Dios, aunque nunca habrá plenitud ni perfección mientras vivamos aquí. Por lo tanto, siempre tenemos necesidad de la misericordia de Dios para obtener la remisión de nuestras culpas y ofensas y entonces, siempre debemos buscar nuestra rectitud en Jesucristo y no en nosotros, confiar solo en él, y no poner nuestra fe en nuestras obras.
10. Todo nuestro bien en la gracia de Dios.
Para que toda la gloria y la alabanza sean dadas a Dios y para que podamos tener verdadera paz y descanso de conciencia, entendemos y confesamos que recibimos todos los beneficios de Dios por su clemencia y su piedad, sin ninguna consideración por nuestro valor o el mérito de nuestras obras, por las cuales solo tenemos confusión eterna. No obstante, nuestro Salvador en su inmensa bondad, habiéndonos recibido en la comunión de su hijo Jesucristo, se complace al observar las obras que hacemos en la fe, sin así merecerlo, y sin imputar ninguna de nuestras imperfecciones, no ve en ellas nada excepto lo que procede de su Espíritu.
Confesamos que es por fe que se nos concede entrar a los grandiosos tesoros y riquezas de la bondad de Dios; con confianza y seguridad de corazón, creemos en las promesas del Evangelio, y recibimos a Jesucristo que nos es ofrecido por el Padre y de quien se habla en la Palabra de Dios.
Así como hemos declarado que tenemos confianza y esperanza en la salvación y en todo lo bueno en Dios a través de Jesucristo, confesamos también que debemos invocarlo en todas nuestras necesidades en el nombre de Jesucristo, quien es nuestro mediador y abogado con Dios. Asimismo debemos confesar que todas las cosas buenas vienen solamente de él, y tenemos que agradecerle por ellas. Por otra parte, rechazamos la intercesión de los santos como una superstición inventada por los hombres, contraria a la Escritura, ya que se origina en la desconfianza de la suficiencia de la intercesión de Jesucristo.
13. La oración comprensible.
Además, ya que la oración no es nada más que hipocresía y fantasía a menos que proceda de los afectos interiores del corazón, creemos que todas las oraciones deben ser hechas con un claro entendimiento. Y por esta razón, sostenemos que la oración de nuestro Señor muestra exactamente lo que le pedimos: Padre Nuestro que estas en los cielos... y no nos dejes caer en la tentación. Amen.
14. Los Sacramentos.
Creemos que los sacramentos que ha ordenado nuestro Señor en su iglesia tienen que ser vistos como ejercicios de fe para nosotros, fortaleciéndola y confirmándola en las promesas de nuestro Señor y para dar testimonio ante los hombres. En la Iglesia cristiana hay solo dos sacramentos instituidos por la autoridad de nuestro Salvador; el bautismo y la Santa Cena; por lo que los otros siete sacramentos instituidos por el Papa, los condenamos como falsos y engañosos.
15. El Bautismo.
El bautismo es un signo externo por el cual nuestro Señor testifica que desea recibirnos como hijos suyos, como miembros de su hijo Jesús. Entonces aquí se representa para nosotros la limpieza del pecado a través de la sangre de Jesucristo, la humillación de nuestra carne, y que por su muerte viviremos en él por su Espíritu. Ya que nuestros hijos pertenecen a tal alianza con nuestro Señor, estamos seguros de que la señal externa es aplicada correctamente a ellos.
16. La Santa Cena.
La cena de nuestro Señor es un signo por el cual, con pan y vino, él representa la verdadera comunión espiritual que tenemos en su cuerpo y sangre. Confesamos, de acuerdo a su ordenanza, que debe ser distribuida a los fieles, para que todos los que deseen tener a Jesús, puedan ser participes de esta. Y ya que la Misa del Papa fue una ordenanza réproba y diabólica trastornando el misterio de la Santa Cena, la declaramos execrable a nosotros, una idolatría condenada por Dios; por esto, es vista como un sacrificio para la redención de las almas; el pan es tomado y adorado como Dios. Además hay otras blasfemias execrables y otras supersticiones implicadas en esto, y el abuso de la Palabra de Dios que es tomada en vano, sin provecho o edificación.
17. Las tradiciones humanas.
Las ordenanzas que son necesarias para la disciplina interna de la Iglesia, y que pertenecen solamente al mantenimiento de la paz, la honestidad y el buen orden en la asamblea de Cristianos, no las sostenemos como tradiciones humanas, ya que están comprendidas en el mandato general de Pablo, donde desea que entre ellos todo sea hecho decentemente y en orden. Todas las leyes y regulaciones que obliguen a los fieles a hacer cosas no mandadas por Dios, o establezcan otro servicio a Dios, además del mandado por él, tienden a destruir la libertad cristiana, las condenamos como doctrinas perversas de Satán, tomando en cuenta la declaración de nuestro Señor, que Satán es honrado en vano por doctrinas que son los mandamientos de los hombres. Así consideramos los peregrinajes, los monasterios, la distinción de comidas, la prohibición del matrimonio, la confesión y cosas similares.
18. La Iglesia.
Aunque hay solo una iglesia de Jesucristo, siempre confesamos que se requiere compañías de fieles distribuidas en diferentes partes. A todas estas se les llama iglesia. Pero, ya que muchas compañías no se reúnen en el nombre de nuestro Señor, sino para blasfemar de él, a través de sus actos sacrílegos, creemos que la marca por la que diferenciaremos a la iglesia de Jesucristo será que su sagrado evangelio será predicado puro y fielmente, proclamado, oído y guardado, que sus sacramentos serán propiamente administrados, aunque hayan algunas faltas e imperfecciones, como siempre ocurre entre los hombres. Por otra parte, en donde el evangelio no sea declarado, oído y recibido, no reconoceremos la forma de la iglesia. De ahí que las iglesias gobernadas por el Papa sean más como sinagogas del demonio en vez de iglesias cristianas.
19. La Excomunión.
Ya que siempre hay algunos que desprecian a Dios y a su Palabra, no toman en cuenta los mandatos, exhortaciones ni las protestas, requieren un castigo mayor. Consideramos que la excomunión es algo sagrado y saludable entre fieles, ya que fue instituida con buenas razones por nuestro Señor. Se hace esto para que los malvados no corrompan a los buenos ni deshonren a nuestro Señor, con sus conductas condenables, y aunque sean orgullosos cumplan con una penitencia. Por lo tanto, consideramos que es conveniente de acuerdo a la ordenanza de Dios que los que manifiesten idolatrías, los que digan blasfemias, los asesinos, ladrones impúdicos, falsos testigos, traficantes de sediciones, mentirosos, al haber sido reprendidos y al no haberse arrepentido, sean separados de la comunión de los fieles hasta que se sepa de su arrepentimiento.
20. Ministros de la Palabra.
No reconocemos a otros pastores en la iglesia que no sean pastores fieles a la palabra de Dios, que alimenten al rebaño de Jesucristo con instrucción, consejos, consuelo, exhortación, desaprobación; y que se resistan a todas las falsas doctrinas y engaños del demonio; sin mezclar con la doctrina pura de la Escritura sus sueños y alucinaciones. A estos no les concedemos otro poder o autoridad excepto el de conducir, regir y gobernar al pueblo de Dios, encomendado a ellos por la palabra, por la cual tienen el poder de comandar, defender, prometer y advertir, y sin el cual no pueden ni deben intentar hacer nada. Así como recibimos a los verdaderos ministros de la Palabra de Dios como mensajeros y embajadores del Señor, es necesario escucharlos como si lo escuchásemos Él y sostenemos que su ministerio es un mandato de Dios en la Iglesia. Por otra parte sostenemos que todos los falsos profetas, que abandonan la pureza del Evangelio y se desvían hacia sus propias intenciones, no deben ser soportados ni mantenidos; que no son los pastores que pretenden ser, sino lobos que deben ser cazados y expulsados del Pueblo de Dios.
21. Los Magistrados.
Sostenemos que la supremacía y el dominio de los reyes y príncipes y el de los otros magistrados y oficiales son algo santo y son una buena ordenanza de Dios. Y ya que al cumplir con sus oficios, sirven a Dios y siguen la vocación Cristiana, al defender al afligido y al inocente, o al corregir y castigar la malicia de los perversos, nosotros por nuestra parte debemos honrarlos y reverenciarlos, rendirles respeto y obediencia y cumplir sus órdenes, hasta donde nos sea posible, sin ofender a Dios.
En resumen, debemos mirarlos como vicarios y lugartenientes de Dios, a los cuales no nos podemos resistir, sin resistirnos también a Dios, y su oficio es una comisión sagrada de Dios que les ha sido dada para que puedan gobernarnos. Es por eso que sostenemos que todos los cristianos deben orar por la prosperidad de los superiores y señores del país en el que viven, obedecer los estatutos y ordenanzas que no se opongan a los mandamientos de Dios, promover el bienestar, la paz y el bien público, esforzándose en mantener el honor de aquellos que estén sobre ellos y la paz del pueblo, sin efectuar algo que cause problemas o disensiones. Por otra parte, declaramos que aquellos que se comporten deslealmente con sus superiores y que no tengan interés en el bien público del país en donde vivan, demuestran por eso su infidelidad hacia Dios.